Había una vez un pueblo escondido en las montañas llamado Vel. La vida era muy pacífica en ese lugar: no había monstruos que los atacaran y todos se llevaban bien, sin rencores ni enemistades. Todo esto era posible a la protección del gran dragón Bam.
El pueblo y el dragón tenían una
relación de ayuda mutua: mientras el dragón los protegía de toda maldad y daño,
el pueblo tenía el encargo de cuidar al dragón, alimentándolo y manteniendo su
hogar, una cueva en una de las laderas de las montañas, en un buen estado.
Sin embargo, esta paz no duraría mucho
tiempo. Una gran guerra se desató en este lejano país y alcanzó al pueblo de
Vel. Poco a poco, los corazones de sus habitantes se fueron tiñendo de negro,
dando paso a la avaricia, la codicia, los rencores y, lo peor de todo, la
envidia. A pesar de los esfuerzos de Bam, era muy difícil eliminar las
emociones negativas en su interior.
No pasó mucho tiempo antes de que el
pueblo empezara a destruir a sí mismo. Los habitantes iban cediendo a sus
impulsos y acabado con sus familias, amigos y compañeros. De un día para otro,
el pueblo estaba vacío, solo observando un rastro de muerte y destrucción…
O eso parecía en un principio. Bam se
acercó a ver el estado del pueblo y pudo escuchar un leve llanto. Debajo de
unos escombros, una pareja estaba protegiendo a un pequeño bebé. Aunque el
pueblo había sido consumido por la oscuridad, esas dos personas no se dejaron
vencer y protegieron lo más importante para ellos: su hija.
Al observar este gesto desinteresado,
Bam bendijo a la bebé, adoptándola y bautizándola el nombre de Mya, sabiendo
que lo que estaba haciendo podría considerarse una herejía, ya que los nombres
de tres letras están reservados únicamente a los dragones por el gran poder que
guardan.
Los dragones son seres muy sabios, por
lo que cuidar a la pequeña Mya no iba a ser un problema… O, mínimo, eso fue al
principio. Mya no se quedaba quieta, lloraba todo el tiempo, y debía tener
cuidado de no aplastarla cuando jugaba a su alrededor. Fueron unos muy días
duros para Bam.
Pasaron los años y todo se hizo más
¿sencillo? Bueno, más sencillo que cuando era más pequeña. Conforme crecía, Bam
le enseñaba a Mya todo lo necesario para sobrevivir, como cazar, cultivar,
escribir, leer, hablar correctamente, usar la espada, el arco e, incluso, un
poco de magia, recordándole en cada lección que no debía usar nada contra los
indefensos, ya que su corazón se llenaría de emociones negativas y dejaría de
ser su hija.
Mientras tanto, Mya se encargaba de
las necesidades de su padre adoptivo: la comida, el cuidado de sus escamas y de
la cueva en la que vivía. Sin embargo, la tarea más importante estaba cerca:
una vez cada 5 años, los dragones entran, durante un mes, en una hibernación en
donde son completamente vulnerables ante cualquier ataque. Así que ella debía
velar porque no le pasara nada durante ese tiempo.
Transcurrieron 20 días en total
tranquilidad. Bam continuaba con su hibernación y Mya se encargaba de la cueva.
Sin embargo, al día siguiente, algo inesperado ocurrió. Un grupo de mercenarios
atacó la cueva.
Mya se defendió contra ellos lo mejor
que pudo, pero la derrotaron y capturaron a Bam. Por lo que alcanzó a escuchó,
fueron contratados para llevar al dragón frente al rey, quién quería su corazón
para continuar con vida un poco más. Antes de que pudiera decir algo más, se
desmayó.
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